Eugenio Ruiz - Tagle Orrego
Antecedentes del Caso
Eugenio RUIZ - TAGLE ORREGO
El 19 de octubre de 1973 a la 01:.20 horas, fueron ejecutadas por efectivos del Ejército, cerca de Antofagasta, las siguientes personas:
- Luis Eduardo ALANIZ ALVAREZ, de 23 años de edad, estudiante de Periodismo de la Universidad del Norte, militante socialista; quien a fines de septiembre se entregó voluntariamente a las autoridades militares de Arica, ante el requerimiento público hecho por las autoridades de Antofagasta. Desde aquella localidad fue trasladado a la Cárcel de esta última ciudad, donde al parecer se le inició un proceso, acusado de poseer armas, el que no fue concluído.
- Dinator Segundo AVILA ROCCO, de 32 años de edad, empleado de la Sociedad Química y Minera de Chile (SOQUIMICH), militante socialista; quien fue detenido el 29 de septiembre en María Elena y trasladado primero a la Comisaría de Tocopilla y luego a la Cárcel de Antofagasta.
- Guillermo Nelson CUELLO ALVAREZ, de 30 años de edad, funcionario de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO), militante socialista, quien se presentó voluntariamente el 13 de septiembre a la Comisaría de Antofagasta, desde donde fue llevado a la Cárcel de esa ciudad.
- Segundo Norton FLORES ANTIVILO, de 25 años de edad, asistente social de la Sociedad Química y Minera de Chile (SOQUIMICH) en María Elena, militante socialista; detenido el 1º de octubre en su domicilio de María Elena, desde donde es trasladado a Tocopilla y a la Cárcel de Antofagasta, posteriormente.
- Darío Armando GODOY MANSILLA, de 18 años de edad, estudiante de enseñanza media, militante socialista; detenido en Tocopilla y desde allí trasladado a la Cárcel de Antofagasta.
- José Boerlindo GARCIA BERRIOS, de 66 años de edad, trabajador marítimo y dirigente sindical, militante comunista; detenido en Tocopilla el 12 de septiembre, llevado a la Comisaría de esa ciudad y de ahí trasladado a la Cárcel de Antofagasta. En varias oportunidades, durante su detención, fue llevado junto a su hija a interrogatorios en Cerro Moreno.
- Miguel Hernán MANRIQUEZ DIAZ, de 25 años de edad, profesor, empleado de la industria de cementos INACESA, militante socialista; quien fue detenido el 20 de septiembre por detectives y efectivos militares y llevado al Cuartel de Investigaciones de Antofagasta y desde allí a la Cárcel Pública de esa misma ciudad.
- Danilo MORENO ACEVEDO, de 28 años de edad, chofer en la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) y dirigente sindical, militante socialista; quien se presentó voluntariamente el 8 de octubre al Cuartel de Investigaciones de Antofagasta ante un requerimiento público. Permaneció allí, incomunicado, hasta el 15 de octubre, cuando fue trasladado a la Cárcel Pública.
- Washington Radomil MUÑOZ DONOSO, de 35 años de edad, Interventor en la Compañía de Cervecerías Unidas (CCU); detenido en Antofagasta en fecha indeterminada y recluído en la Cárcel de esa ciudad.
- Eugenio RUIZ - TAGLE ORREGO, de 26 años de edad, ingeniero, Gerente de la Industria INACESA, militante del Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), quien se presentó voluntariamente a la Intendencia de Antofagasta el 12 de septiembre, ante un requerimiento público. Desde ese lugar fue trasladado a la Base de Cerro Moreno, donde permaneció hasta el 23 de septiembre, cuando fue trasladado a la Cárcel de Antofagasta. La tortura a que fue sometido se relata en la parte general de este período.
- Héctor Mario SILVA IRIARTE, de 38 años de edad, abogado, Gerente de la Corporación de Fomento de la Producción CORFO Norte, ex Regidor de Chañaral, Secretario Regional del Partido Socialista; quien viajó desde Santiago, donde se hallaba, para presentarse voluntariamente en la mañana del día 12 de septiembre ante las autoridades militares, junto a otras personas, en las oficinas de la Intendencia.
- Alexis VALENZUELA FLORES, de 29 años de edad, empleado de la Sociedad Química y Minera de Chile (SOQUIMICH), Presidente del Sindicato de esa empresa y Tesorero de la Central Unica de Trabajadores CUT Regional, Regidor de Tocopilla, militante comunista; detenido el 17 de septiembre en su domicilio de Tocopilla, llevado a la Cárcel de esa misma ciudad y trasladado el 15 de octubre a la de Antofagasta. Permaneció incomunicado durante toda su detención.
- Marco Felipe DE LA VEGA RIVERA, de 46 años de edad, ingeniero, Alcalde de Tocopilla, militante comunista; detenido el 15 de Septiembre por efectivos de la Policía de Investigaciones y Carabineros, llevado a la Comisaría de Tocopilla y el 15 de octubre, a la Cárcel de Antofagasta.
- Mario del Carmen ARQUEROS SILVA, de 45 años de edad, Gobernador de Tocopilla, militante comunista; detenido el 14 de Septiembre en su domicilio por efectivos de Carabineros y conducido a la Comisaría de Tocopilla, donde permanece hasta el 15 de octubre cuando es trasladado a la Cárcel de Antofagasta. Durante el período de su detención permaneció incomunicado.
El 21 de octubre de l973 se publicó en la prensa de Antofagasta un comunicado oficial que daba cuenta de la ejecución de Mario Silva, Eugenio Ruiz-Tagle, Washington Muñoz y Miguel Manríquez, señalándose que «las ejecuciones fueron ordenadas por la Junta Militar de Gobierno...». El 24 de octubre apareció un segundo comunicado público que daba cuenta de las ejecuciones de Luis Alaniz, Danilo Moreno y Nelson Cuello, indicándose que por «resolución de la Honorable Junta de Gobierno, el día 20 en la madrugada se procedió al fusilamiento de tres personas...», las ya indicadas.
No hubo versión oficial de los restantes siete ejecutados del día 19 de Octubre.
Comunicados oficiales posteriores, tanto de autoridades provinciales como nacionales, hacen referencia a esas ejecuciones como si ellas fueran la consecuencia del cumplimiento de sentencias dictadas por Consejos de Guerra. En informes entregados por el Gobierno de la época a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se señalaba que Eugenio Ruiz-Tagle y Héctor Silva, entre otros, habían sido procesados en la causa 349-73 seguida ante el Primer Juzgado Militar de Antofagasta, comprobándosele a Ruiz-Tagle «su participación en el delito de malversación de caudales públicos...y giro de fondos para adquirir armamentos para el Partido Socialista y el Movimiento de Acción Popular. Además se acreditó su responsabilidad en la organización de un plan terrorista preparado para los días 18 y 19 de septiembre de l973... el tribunal correspondiente le impuso la pena de muerte que se cumplió por fusilamiento el 19 de octubre de l973». En cuanto a Héctor Silva, según esa versión, se le habrían acreditado diversos delitos, entre ellos malversación de caudales públicos, atentado contra la Seguridad del Estado, tenencia ilegal de armamentos y explosivos, agregándose que «su participación en estos actos se comprobó fehacientemente «. En la causa confesó su participación, como propiciador, organizador y principal dirigente de una organización paramilitar...En el proceso respectivo ... se le condenó a la pena de muerte, que fue cumplida mediante fusilamiento el 19 de octubre de l973».
Tras analizar detenidamente los antecedentes recibidos y los testimonios recogidos de diversas fuentes, la Comisión se formó la convicción de que las muertes de las catorce personas antes individualizadas correspondieron a ejecuciones de responsabilidad de agentes del Estado que actuaron al margen de toda legalidad, lo cual constituyó una violación de sus derechos humanos, en especial a la integridad física, al justo proceso y a la vida. Fundamenta su convicción en las siguientes consideraciones:
- Respecto de la mayoría de los ejecutados existen testimonios verosímiles de que mientras estuvieron privados de libertad y antes de ser muertos, fueron atrozmente torturados. Ello, desde luego, invalidaría cualquier confesión prestada.
- La versión oficial que daba cuenta de la existencia de un proceso judicial que habría concluído en la condena a muerte de los catorce afectados es contradictoria con la primera información que daba cuenta de una decisión de la Honorable Junta de Gobierno;
- Que a pesar de los requerimientos hechos por la Comisión, no fue posible obtener las piezas del proceso que se habría sustanciado en contra de los ejecutados, lo que junto a los demás antecedentes la lleva a concluír que este nunca existió;
- Que, además, la primera versión acerca de la decisión de la Junta de Gobierno es coherente con el hecho que al momento de los fusilamientos se hallaba presente en Antofagasta una comitiva militar procedente de Santiago con autoridad delegada precisamente de las más altas autoridades nacionales;
- Que a este último respecto, las versiones que han entregado los protagonistas son contradictorias en cuanto a la procedencia de las órdenes de ejecución, pero ninguna alega que haya existido un Consejo de Guerra;
- Que en el evento que se hubiese realizado alguna especie de juzgamiento de los ejecutados, ello ocurrió sin conocimiento de sus familiares y abogados, lo que significó que los afectados carecieran de derecho a defensa;
- Que, cualquiera que haya sido el origen de la orden de ejecutar a los catorce detenidos, en sus fusilamientos participaron oficiales y efectivos militares del Regimiento Antofagasta y oficiales integrantes de la comitiva procedente de Santiago.
Fuente :(Informe rettig)
Prensa
Alicia Ruiz-Tagle
“Para muchos soy una traidora, porque me pongo a defender militares”
Su hermano Eugenio fue asesinado por la Caravana de la Muerte y hoy aboga por la inocencia del excomandante en jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre, recientemente sentenciado por el caso.
Por Carolina Méndez
Los amplios ventanales con vista al cerro San Luis (El Golf) iluminan las paredes blancas del departamento de María Alicia Ruiz-Tagle (77). Y mientras amablemente sirve café, pregunta risueña: “¿Me van a sacar fotos?, porque a esta edad me carga cómo salgo”.
En varias de sus cartas publicadas desde 2003 en El Mercurio, devela la “injusta” muerte de su hermano menor, Eugenio, quien fue asesinado en octubre de 1973 en Antofagasta a manos de la “Caravana de la Muerte”.
Casada, cuatro hijos, militante de Amarillos por Chile, hace más de dos décadas viene defendiendo la inocencia de su hermano y las últimas dos semanas también la participación del excomandante en jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre en el caso Caravana, quien acaba de ser sentenciado a cinco años de presidio como cómplice de 15 homicidios cometidos por esa comitiva en La Serena.
“Hace 20 años salí del ostracismo. Mi primera lucha fue limpiar la imagen de mi hermano, porque lo acusaron de guerrillero, lo que nunca fue”, dice.
Sus esfuerzos hoy han sido –a través de cartas a El Mercurio- alzar la voz en defensa de jóvenes militares de esa época, entre ellos Cheyre, a quien califica como un «chivo expiatorio que apenas tenía 23 años» y era un subordinado en esa época, lo que la ha llevado a una seguidilla de intercambios de cartas por las páginas del diario con el rector de la UDP, Carlos Peña, quien plantea que no se pueden obviar ni diluir las responsabilidades personales cuando se está en una posición subordinada.
“Mi diferencia con el rector Peña en su visión sobre este caso. La mía es que con fines ejemplificadores, se pretende juzgar y usar como chivo expiatorio a un muchachito común y corriente de 23 años como si en ese momento ya tuviese el criterio y la fuerza del fogueado Comandante en Jefe del Ejército”, dice.
Agrega que “a esas alturas ni él ni nadie podía sospechar las verdaderas intenciones del enviado especial plenipotenciario de Pinochet (...) Siento que los tribunales quieren hoy reivindicar la cobardía previamente demostrada al juzgar a los poderosos abusadores de los derechos humanos descargando todo su poder sobre los jóvenes subordinados de entonces, el eslabón más débil”.
“El bonito de los ojos verdes”
La casa de los Ruiz Tagle Orrego estaba en la calle Alcántara, en el barrio El Golf. “Mis padres eran conservadores, de derecha. Mi papá era gerente de Previsión del Banco Central, así que teníamos una situación muy cómoda”, recuerda.
Ex alumna del Villa María, y la mayor de tres hermanos, tenía un año y dos meses de diferencia con Eugenio: “Éramos muy unidos, desde chicos”.
Dice que “cuando estaba en la enseñanza media del Verbo Divino, a él empezó a apasionarle la pesca submarina, incluso fue campeón sudamericano. A los 17 años iba a la caleta de Hornitos, ayudaba a los pescadores y empezó a relacionarse con la pobreza. Siempre me decía: «Debemos salir a conocer este otro mundo, estamos en una burbuja demasiado protegida y afuera muchos viven sin esperanza»”.
A fines de los 70 su hermano ingresó a ingeniería civil a la UC y al poco tiempo comenzó a militar en el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU). “Se metió en la cuestión política, por la causa social, no por algo ideológico”, aclara.
Casado y con una hija de meses, a los 24 años Eugenio se fue a vivir a Antofagasta como gerente de la Industria Nacional del Cemento (Inacesa). “Años después, pude ir a verlo al cementerio en Antofagasta. Al principio no se nos permitía. Entonces, un muchacho, de los que cuidan, me dijo: «Siempre me sorprendió esta tumba, porque por el apellido se nota que no es gente como nosotros; aunque siempre vienen personas muy sencillas a dejarle alguna florcita”.
Las gestiones de Guzmán
Habla sin pausa de los sucesos que rodearon la muerte de su hermano. “Cuando llegó el Golpe, salió un edicto el 11 de septiembre que decía que todos los responsables de las empresas estatales debían hacer entrega del mando de estas compañías. Eugenio fue muy tranquilo a traspasarla. Pero no pudo, por un asunto administrativo. Entonces, Joaquín Lagos, comandante de la Primera División del Ejército y Jefe de Zona le dijo que mientras la empresa no estuviera recibida, «lamentablemente» debía detenerlo”.
Y sigue: “Se preocupó de no dejarlo en la cárcel de Antofagasta y lo puso en la base aérea de Cerro Moreno de la FACh, porque lo consideraba más digno. Pero eso resultó peor porque había un coronel que fue un matón: torturaba y mandaba a torturar, lo disfrutaba. Decía, por mi hermano «tráiganme al bonito de los ojos verdes». Entonces, el capellán jesuita de la FACh, José Donoso, habló con el general Lagos y le pidió que lo sacaran de ahí”.
Sus padres, recuerda, tomaron como abogado a Luis Fermandois, entonces presidente del Colegio de Abogados de Antofagasta. “Todo se arregló y el general Lagos dijo que el 20 de octubre se haría el traspaso de la empresa y que mi hermano quedaría libre. Mi mamá llegó a Antofagasta dos días antes que mi papá, y la noche del 19 Fermandois la convidó a comer con Lagos. Estaban en el café, cuando el general Arellano mandó a un conscripto a buscar al general para exigirle firmar un decreto de fusilamiento por intento de fuga de un grupo de detenidos donde estaba Eugenio. En el momento, Lagos se enfrentó a Arellano, quien le enrostró los poderes plenipotenciarios que tenía directamente de Pinochet... No pudo hacer nada”.
–Usted ha dicho que su hermano nunca fue fusilado.
–Cuando sacaron a los presos de la cárcel, los metieron a un camión y los llevaron a la Quebrada del Buey. Los trasladó un grupito de cinco hombres de Arellano y los torturaron de la manera más bestial: los subían al helicóptero un poquito y los botaban para quebrarles los huesos. Después, los subían un poquito más y así seguían. Los mutilaron y desfiguraron con un salvajismo y crueldad indecible... Hace 30 años con mi familia pudimos ir a recuperar su cuerpo a Antofagasta, que se exhumó: tenía todos los huesos quebrados, balas, fue otro duelo espantoso.
–Antes no pudieron traer su cuerpo a Santiago.
–No, a mi mamá le dijeron que no le podían entregar el cuerpo y no quisieron que abriera el ataúd. No la dejaron traerlo a Santiago porque su cuerpo había sido despedazado: nunca fue fusilado. Entonces, el general Lagos tuvo un gesto de rebeldía contra Arellano y, al día siguiente, permitió que ella viera a su hijo. Tras verlo, mi madre nunca más se sacó el negro.
–En una de sus columnas en El Mercurio contó que Jaime Guzmán, que lo conocía, se enteró de la muerte de su hermano por un bando militar que decía que habían ejecutado «al terrorista».
–Ellos eran amigos de la época de la universidad. Jaime me decía: «Yo pongo las manos al fuego por Eugenio, sé que no hizo nada». Incluso Guzmán llevó personalmente a mis padres a hablar con todos los miembros de la Junta Militar.
“A los verdaderos culpables no les llegó el rigor de la ley”
–Cuando su hermano es asesinado ¿El nombre de Cheyre le sonó como involucrado en el caso?
–No, para nada. De hecho, hay gente que cree que mi defensa por él es algo personal, pero yo no lo conocía. Mi admiración por Cheyre vino por el «nunca más». Para mí el Ejército era algo horroroso, monstruoso, yo no cantaba el himno nacional y cuando veo que un comandante en jefe es capaz de declarar que «estas cosas nunca más van a ocurrir», reconociendo que sí habían pasado, dije: «esto es de una valentía impresionante». Ahí lo defendí por primera vez contra quienes lo trataban como traidor. Hace un par de años lo fui a saludar en un matrimonio y me dio un abrazo muy cariñoso.
–A su llegada a La Serena la comitiva militar del general Arellano se reunió con el comandante del regimiento. Y en ese encuentro, donde examinaron los expedientes y resolvieron fusilar a 15 personas, estuvo Cheyre.
–Era un teniente de 23 años que entró y salió de esa reunión, solo recibía ordenes de trasladar expedientes. Cheyre no puede haber oído nada, porque la misión de Arellano era secreta, como me aclaró el general Lagos cuando hablé con él años después. Carmen Hertz me había aconsejado: «Habla con Lagos, no sabes su historia». Entonces, este general me contó que, justo después de lo de Eugenio, Pinochet paró en Antofagasta. Y que cuando él le presentó el horror de lo que había pasado, de inmediato Pinochet lo mandó a callar.
–El rector Peña, en su primera carta en El Mercurio se pregunta si se comete un error al hacer responsable a Cheyre... y responde con un no.
–El rector Peña es demasiado legalista, no se pone en la posición de la persona, no ve la cuestión humana. ¿Si yo supiera de algo así, estaría dispuesta a sacrificar mi vida, a dejar a mis hijos solos por personas que no conozco, sabiendo que no voy a cambiar en nada la situación?
Y explica: “Cuando murió Eugenio mis papás se quedaron un par de días en un hotel de Antofagasta y la segunda noche los llamó el barman para que bajaran a escuchar algo importante. En el bar había unos cinco chiquillos veinteañeros de la FACh borrachos. Estaban ahogando las penas, hablando de Eugenio. Ahí contaron del ensañamiento que tenía este coronel de Cerro Moreno con mi hermano. Estaban angustiadísimos, dijeron que habían reclamado, pero les advirtieron que si no obedecían les llegaría un disparo inmediato. No tenían salida.
–¿Qué consecuencias le ha traído defender al excomandante y a jóvenes militares?
– Para mucha gente soy una traidora, porque me pongo a defender militares. Hay gente muy cercana que no logra entender lo que hago. Lo que pasa es que yo tengo una obsesión con que a los verdaderos culpables no les llegó el rigor de la ley. Los tribunales fueron temerosos y cobardes. Arellano murió en su casa porque estaba loco. Y esa cobardía la están descargando sobre gente que tuvo un rol irrelevante en lo que pasó. Esos jóvenes militares fueron igual de víctimas que Eugenio: eran chiquillos que se metieron en la aviación porque querían ser ingenieros, querían volar. Para ellos fue horroroso porque se vieron atrapados en esto y después, su propia gente los abandonó, sus superiores se lavaron las manos y ellos sufrieron todo el rigor de la ley.
–Han pasado más de 50 años de todo esto ¿perdonó a Arellano?
Al señor Sergio Arellano Stark en su faceta de general todopoderoso, dueño de la vida y la muerte no lo podría perdonar, porque su arrogancia no le permitiría el arrepentimiento ni la capacidad de pedir ese perdón. Contra el Sergio Arellano Stark viejo, débil y con la mente nublada, jamás quisiera vengarme.
Recuerda que durante años trabajó en obras sociales con el padre Luis Antonio Díaz, párroco de Santa Rosa, en Lo Barnechea. “Y hace unos 25 años yo estaba dando la comunión en esa iglesia, y Arellano Stark estaba al lado mío dándola al mismo tiempo. Fue impactante cuando lo vi (...) Fue súper fuerte saber que estaba tan cerca mío, aunque él nunca tuvo idea quién era yo”.
–¿Cree que él se arrepintió de liderar la Caravana de la Muerte?
– No, porque podría haber contribuido mucho si hubiera hablado.
Fuente :segreader.emol.cl
Fecha :01-10-2024
Mis hermanos y yo tuvimos el privilegio de vivir una infancia y juventud intensamente felices, llenas de estímulos y de amor. Fui la mayor, seguida un año después por Eugenio, y más tarde por Emilio, nuestro chiquito de oro, cinco años menor. Nuestros padres eran jóvenes, guapos y sociables, la casa de Alcántara rebosaba de vida, siempre llena de amigos, tíos y primos. Ninguna nube en el horizonte presagiaba la violencia y el dolor que cambiaría nuestra vida para siempre.
Por haber conocido la televisión recién a mis 16 años, cuando ésta llegó a Chile para el Mundial del ‘62, nuestro mundo con mi hermano Eugenio fue pequeño y protegido, con infinitos libros, papelería y juegos con los que dábamos rienda suelta a la imaginación. Con la ayuda del jardinero construimos una precaria mediagua arriba de un árbol del jardín, donde pasábamos horas sin fin soñando aventuras e inventando historias juntos. Uno empezaba a improvisar y el otro lo seguía, de manera que el desarrollo de los relatos era siempre inesperado. Eso cimentó la profunda amistad y cercanía que tuvimos a lo largo de nuestra corta vida juntos.Siendo un gran deportista, fue la pesca submarina la que en su época universitaria lo llevó a recorrer con sus amigos playas y caletas en las que conocieron un Chile que jamás habíamos imaginado desde nuestra pequeña burbuja santiaguina. Él volvía contándome emocionado lo difícil que era la vida para los pescadores, las pocas esperanzas que tenían de darle a sus hijos una vida mejor, y de lo importante que era que abriéramos los ojos y nos hiciéramos cargo de la dura realidad que nos rodeaba. Eso, entre otras motivaciones, lo llevó a acercarse a los movimientos universitarios de izquierda.
En 1968 me casé y partí con mi marido a Estados Unidos. Él, tras obtener máster y doctorado, fue contratado por la OEA en Costa Rica a partir de enero de 1973. En el intertanto mucho pasaba en Chile: Allende llegaba a la presidencia y Eugenio se había unido al Mapu. Mi hermano se recibió de Ingeniero en la Universidad Católica, se casó con Mónica Espinosa, se fueron a vivir a una población para conocer el Chile real y en enero del 73 nacía su preciosa Josefa. Tuve la suerte de estar en Santiago ese verano, y los últimos recuerdos que tengo de Eugenio son su paciencia infinita para jugar con mi hijo Andrés de 3 años, así como la ternura profunda con que contemplaba arrobado a su Josefita recién nacida. La última vez que me despedí de él estaba con ella en los brazos. No cumplía aún los 26 años. De ahí partirían los tres a Antofagasta, donde Eugenio asumió como gerente de INACESA, la Industria Nacional del Cemento.
El día 11 de septiembre de 1973, mientras yo estaba en San José sin sospechar lo que ocurría en Chile, en Santiago mis padres agradecían que las Fuerzas Armadas se hubieran hecho eco del clamor general e intervinieran para evitar que el país se hundiera en el caos producido durante el gobierno del Presidente Allende. Lamentaban que el sueño de mi hermano sobre un gobierno que diera oportunidades a los más pobres y marginados hubiera terminado poniendo en riesgo la democracia, pero no dudaban que las Fuerzas Armadas sólo intervenían como último recurso para recuperar la institucionalidad y abrir el camino para elecciones democráticas. Al enterarme, sentí dolor por que se hubiese llegado a eso, pero ni por un instante sentí temor por Eugenio. Mi profundo conocimiento de su alma y corazón limpio me aseguraban que él no podría tener nada que temer. ¡Fuimos tan ingenuos!
Ese mismo 11 de septiembre, las Fuerzas Armadas dictaban un bando militar que instruía a los gerentes de las empresas estatales a hacer entrega de sus cargos al nuevo gobierno militar.
El día 12 de septiembre, Eugenio se presentaba voluntariamente para hacer entrega de su cargo ante el general Joaquín Lagos, jefe de zona de Antofagasta, un hombre de bien con quien tenía una buena relación. Lo hacía motivado por su sentido del deber, su conciencia limpia y su confianza en las Fuerzas Armadas de Chile. Éste le indicó que, mientras se resolvían asuntos administrativos del traspaso de las platas de la empresa, debería quedar recluido en el cuartel. Dada su estima por él no quiso dejarlo junto a presos comunes, por lo que le pidió a la Fuerza Aérea que lo mantuviera temporalmente en Cerro Moreno, sin sospechar que allí sería bestialmente torturado por un teniente sicópata. Cuando el horrorizado capellán de la Fuerza Aérea le informó lo que ocurría, el general Lagos trajo a mi hermano inmediatamente de vuelta. Aclaradas ya las platas, y tras una audiencia que se efectuaría la mañana del 19 de octubre, quedaría en libertad sin cargo alguno. Aliviados, mis padres viajaron a buscarlo el día 18.
Sin embargo, el destino quiso otra cosa, y ese mismo 18 de octubre del ‘73 llegó a Antofagasta el general Sergio Arellano Stark con su tristemente famosa «Caravana de la Muerte». Al amparo de la noche, y a espaldas del jefe de la plaza, sacaron a los detenidos, a quienes mutilaron y asesinaron con una crueldad indescriptible. Sus «facultades especiales» le permitieron crear una verdad oficial, obligando al general Lagos a firmar un edicto que decía que las víctimas habían sido fusiladas por intento de fuga.
No les permitieron traer su cuerpo a Santiago, ya que éste era evidencia de que su muerte no se debió a un misericordioso fusilamiento. Mis padres tuvieron que enterrar a su hijo allá; y no les permitieron acceso a línea internacional para llamarme a Costa Rica. Avisada por mi suegra, en estado de shock alcancé a llegar a Santiago antes de que mis papás pudieran volver de Antofagasta. Esa misma noche, el general Óscar Bonilla informaba por cadena nacional que a partir de ese momento se acababan las ejecuciones sumarias. Aún se escuchaba la Canción Nacional cuando sonó el teléfono, y el propio general Bonilla, informado por Jaime Guzmán de lo sucedido, me pidió les transmitiera a mis papás que si bien esto no les devolvería a su hijo, al menos haría que no hubiese más padres en Chile que sufrieran lo mismo en el futuro.
Todo lo que siguió ocurriendo durante nuestra larga búsqueda de justicia fue intenso, sorprendente y complejo. Sin voluntad política para encausar a los asesinos mientras fueron hombres fuertes y poderosos, se necesitaron 42 largos años para que la Suprema condenara a los miembros de la Caravana de la Muerte por delitos de homicidio calificado la noche del 18 al 19 de octubre de 1973 en Antofagasta. El expediente es espeluznante pero tardío. A esa altura, ya eran ancianos frágiles, y yo quería verdad y justicia, no venganza. Pinochet, establecida ya la cadena del mando, había fallecido, y Arellano Stark fue sobreseído por demencia.
Todo lo que ocurrió durante los gobiernos de Allende y de Pinochet cambió para siempre la vida de nuestra familia, que nunca volvió a ser la misma; y también la del país. Su alma republicana quedó profundamente herida, con un casi irreconciliable odio fraterno que derivó en una descomposición moral capaz de considerar que el horror sólo merecía ese calificativo cuando venía del otro bando, mientras se bendecía y justificaba cuando venía del propio. Nuestra tierra se volvió fértil para el odio, el mundo se dividió en buenos y malos, se perdió la racionalidad.Tras cincuenta años parece increíble que ese odio siga palpitando con tanta fuerza en el pecho de jóvenes que aún no nacían el 73, y a muchos sorprende que quienes lo sufrimos directamente no seamos quienes más lo siembran. Ese odio nos causó demasiado dolor y no podemos permitir que lo hereden y sufran las nuevas generaciones. No olvidamos, pero tenemos el derecho a soñar con un Chile sin divisiones, liberados ya de esa pesada mochila que tras medio siglo no debería seguir determinándonos, ni mucho menos envenenando a nuestra juventud.
Dejemos que a Allende y Pinochet los juzgue la Historia y escuchemos las voces que sean capaces de unirnos, no las que revivan y perpetúen la odiosa división, hipotecando la paz y el futuro de nuestra juventud.
Fuente :ciperchile.cl
Fecha :09-06-2023
El ingeniero Eugenio Ruiz Tagle Orrego, militante del Mapu, fue fusilado el 19 de octubre de 1973 a la 01:.20 horas, junto a otras trece personas, en el episodio Antofagasta de la Caravana de la Muerte. El inefable diario El Mercurio publicó que Ruiz Tagle había sido condenado por «su participación en el delito de malversación de caudales públicos…y giro de fondos para adquirir armamentos para el Partido Socialista y el Movimiento de Acción Popular. Además se acreditó su responsabilidad en la organización de un plan terrorista preparado para los días 18 y 19 de septiembre de l973″…
El informe Rettig consignó que en realidad, Eugenio Ruiz Tagle y los otros doce fusilados en Antofagasta fueron asesinados por agentes del Estado que actuaron al margen de toda legalidad, lo cual constituyó una violación de sus derechos humanos, en especial a la integridad física, al justo proceso y a la vida de las víctimas.
Hasta la fecha, no se conoce un solo acto de contricción de El Mercurio por su papel de cómplice y encubridor de los crímenes de la dictadura.
DDHH. Las volteretas del diario de Edwards: El Mercurio no solo Miente es “Cómplice”
Por Mario López M.
• Más de cuarenta años después del crimen del ingeniero Eugenio Ruiz-Tagle, ejecutado político, El Mercurio publica una carta al director que da cuenta de la sentencia judicial, que establece la verdad del caso.
• Años antes, informaba que el joven profesional había sido fusilado tras un Consejo de Guerra (inexistente), culpable de “malversación y terrorismo”, cargos que fueron inventados.
• Ruiz Tagle en realidad fue ametrallado y repasado a corvo por los integrantes de la Caravana de la Muerte.
El emblemático caso del ingeniero Eugenio Ruiz-Tagle Orrego, exgerente de Industria Nacional del Cemento (Inacesa) en Antofagasta, brutalmente ejecutado en 1973 por la llamada Caravana de la Muerte, y cuya reciente sentencia definitiva estableció como uno de los crímenes más atroces de la dictadura, no solo ha estado ligado fuertemente a la historia de violaciones de DDHH en el país, sino que también a El Mercurio, al primer desafuero de Pinochet y a la participación de la aristocracia nacional, que llevó al propio Jaime Guzmán, mentor de la UDI, a intervenir en el caso.
“Hasta la vista, amigo”
El 12 de septiembre de 1973 Eugenio Ruiz-Tagle Orrego optó por presentarse voluntariamente ante los mandos militares de Antofagasta, luego de ser requerido a hacerlo por el Bando Militar n° 3. Herman Zuljevic Rojas, directo colaborador del ingeniero, lo acompaño a hacerlo. “No creía que lo iban a matar. Eugenio decía que creía en el apego de los uniformados a la democracia”, recuerda. “Nos despedimos con un apretón de manos cariñoso, deseando volver a encontrarnos”. Esa fue la última vez que su amigo y también su familia lo vieron vivo. Tras estar preso por 11 días en la base aérea de Cerro Moreno de Antofagasta, fue trasladado a la cárcel local. Desde ahí fue secuestrado y asesinado, transformándose en una de las 75 víctimas de la Caravana de la Muerte.
Ruiz-Tagle (26), una persona catalogada de “brillante y humanitaria” por quienes desde su entorno dialogaron con Cambio21 acerca de su historia, era primo del expresidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle. En aquel entonces estaba casado con Mónica Espinoza –quien posteriormente se transformó en la esposa del ex ministro José Joaquín Brunner (PPD)-, tenía una hija: Josefa. Su viuda reconoció que “Eugenio se presentó porque pensó que, si no lo hacía, mucha gente iba a caer presa, y probablemente yo y la Josefa íbamos a sufrir las consecuencias también (…) les informaron a los papás en ese momento. Que era una cosa totalmente administrativa, que no había ningún cargo contra él, que nunca había estado involucrado en nada, y que esto simplemente se tenía que aclarar”.
Eugenio Ruiz-Tagle fue uno de los 14 prisioneros políticos que fue secuestrado desde la cárcel pública en Antofagasta por la Caravana de la Muerte y llevado clandestinamente a la “Cuesta del Way”, en el desierto, donde fue masacrado. Jamás a su respecto se ejecutó un Consejo de Guerra, nunca fue juzgado, como asegurara más tarde la dictadura y El Mercurio. Uno de los testigos del secuestro fue el otrora cabo de Gendarmería Luis González Pacheco, quien declaró: “Los formaron al lado de los camiones y uno que mandaba comenzó a pasar lista. Después dijo: ¡Ya, arriba con ellos! Los militares los tiraron al camión como sacos de papas. Los detenidos estaban asustados y algunos preguntaban: ¿Dónde me llevan? ¿Qué me van a hacer?”, recuerda.
¡Miserables!
El general Gonzalo Santelices –quien fuera absuelto del crimen-, declaró judicialmente que salieron de Antofagasta en camiones y se internaron en la pampa, deteniéndose a esperar al escuadrón de Arellano Stark. Luego procedieron a bajar a los detenidos “Los formamos en línea frente a los camiones, que tenían las luces encendidas. Vi que estaba Fernández Larios. Enseguida se sintieron miles de disparos (luego) “los llevamos a la morgue, donde nos estaban esperando”, confesó el general. Lo que no relata, pero sí lo hacen los demás testigos que participaron del horrendo crimen, fue lo acontecido durante los homicidios y el estado de los cuerpos.
Así lo describió su madre, Alicia Orrego:
“Sólo pude ver a mi hijo ya en el ataúd, a través del vidrio. De las torturas que sufrió en su cuerpo, no puedo dar testimonio directo. No lo vi, pero el abogado y el empleado de la funeraria lloraban al contármelo. De su cara, de su cuello, de su cabeza, sí puedo hablar. Lo tengo grabado a fuego para siempre. Le faltaba un ojo, el izquierdo. Tenía la nariz quebrada, con tajos, hinchada y separada abajo, hasta el fin de una aleta. Tenía la mandíbula inferior quebrada en varias partes. La boca era una masa tumefacta, herida, no se veían dientes. Tenía un tajo largo, ancho, no muy profundo en el cuello. La oreja derecha hinchada, partida y semi arrancada del lóbulo hacia arriba. Tenía huellas de quemaduras o, tal vez, una bala superficial en la mejilla derecha, un surco profundo. Su frente, con pequeños tajos y moretones. Su cabeza estaba en un ángulo muy raro, creí por eso que tenía el cuello quebrado”.
La abogada Alicia Vidal Magno, recuerda cómo quedó el ingeniero, tras ver su cuerpo en la morgue local: “Les faltaban las uñas de las manos y los pies (…) su columna estaba quebrada en tres partes, presentaba fracturas en el cráneo y las costillas, sus puños estaban amarrados con alambre y le faltaba un ojo”. El testimonio de la profesional coincide con la autopsia. El general Lagos relató al juez Guzmán: “Estaban irreconocibles, masacrados”. En el proceso se puede leer: “Los llevaron a una quebrada, amarrados, rodeados de un inmenso contingente militar y luego, ya de noche alumbrados por los focos de los vehículos, desde unos camiones bajan los soldados camuflados y con pinturas, corriendo y gritando, armados con corvos y prácticamente destrozan a las víctimas que nada podían hacer”.
El Mercurio, “secuaz” de la dictadura
El Mercurio tituló el 19 de octubre de 1973 sobre los hechos: “Planeaban asesinatos en masa en Antofagasta” y a continuación daba cuenta que Eugenio Ruiz-Tagle Orrego fue ejecutado (fusilado) por instrucciones “ordenadas por la Junta Militar de Gobierno a fin de acelerar el proceso de depuración marxista y de centrar los esfuerzos en la recuperación nacional“. No fue la única oportunidad en que se refirió a lo acontecido con el joven ingeniero, lo haría muchas otras veces después, incluso recientemente, algunas para avalar de manera cómplice el crimen, otras para dar a conocer cartas de la familia e incluso un reportaje que daba a reconocer el “exceso cometido respecto de este joven y destacado profesional”.
La edición de El Mercurio del 9 de junio de 1976 dio a conocer la “defensa” de la dictadura al Informe sobre “ejecuciones ilegales” de la CIDH de la OEA, y donde se daba cuenta del caso del ingeniero: “Ruiz-Tagle Orrego fue procesado en la causa 349-73 que instruyó el 1° Juzgado Militar de Antofagasta. Se le comprobó participación como autor de malversación de caudales públicos (…) giró fondos para adquirir armamentos para el partido Socialista y el Movimiento Acción Popular (sic). Se acreditó su responsabilidad en la organización de un plan terrorista programado para los días 18 y 19 de septiembre de 1973. Como consecuencia de haberse comprobado fehacientemente su responsabilidad en estos hechos, el tribunal correspondiente le impuso la pena de muerte que se cumplió por fusilamiento el 19 de octubre de 1973.”
Jamás hubo juicio, menos “fusilamiento”, pues fue una vil masacre, pero para El Mercurio, la respuesta de la dictadura debía ser ensalzada: “Deseamos que este esfuerzo (el del gobierno de Pinochet) contribuya a disipar las falsedades que se repiten sobre Chile en el exterior, y a situar en sus verdaderos términos la situación de los derechos humanos en nuestro país. Este aporte a la verdad corresponde a la mejor tradición de la prensa chilena”, aseguraba el diario de propiedad de Agustín Edwards. La “noticia” que daba por cierta El Mercurio, era una puesta en escena del general Joaquín Lagos, jefe de zona de Antofagasta, tras los asesinatos ejecutados por la comitiva del general Arellano Stark. Lagos, que se opuso a la medida, confesó judicialmente que debió mentir para mantener “ascendiente sobre la ciudadanía”.
De Pinochet a Jaime Guzmán
Las acusaciones sobre el crimen de Ruiz-Tagle llegaron a altas esferas de la dictadura. Ellas denunciaban terribles flagelos, inexistencia de juicio y muerte cruel, ejecutada por la comitiva de Arellano, en su calidad de «delegado» del mismo Pinochet.
El ministro de Justicia de la época, Gonzalo Prieto Gándara, el 31 de octubre de 1973, envió un memorándum confidencial al general Patricio Carvajal, entonces titular de Defensa, en que daba cuenta de “las torturas a que habría sido sometido el ciudadano don Eugenio Ruiz-Tagle Orrego, quien posteriormente fue ejecutado al parecer sin previa condena del Tribunal competente”. Y, además, señala: “La denuncia en cuestión me ha sido confirmada, personalmente, por los abogados Sergio Diez Urzúa y Jaime Guzmán Errázuriz”.
Pinochet no dudo en contestar por escrito el 24 de noviembre de ese año al general Osvaldo Salas, Auditor General del Ejército: “Proponga respuesta: El señor Eugenio Ruiz-Tagle O. fue ejecutado en razón a los graves cargos que existían contra él. No hubo torturas, según información”. Este sería uno de los documentos vitales tenidos a la vista al momento de provocar el primer desafuero de Pinochet: “Si al Comandante en Jefe del Ejército le hubiere merecido reproche lo actuado por Arellano, resultaría totalmente incomprensible que el 2/12/1973, antes de haber transcurrido dos meses de los luctuosos sucesos, asumiera como Comandante en Jefe de la 2ª División del Ejército”, indica la sentencia.
María Alicia, la hermana de Eugenio, recuerda: “Ciertamente, Jaime (Guzmán) se enteró de la muerte de Eugenio por un bando militar que decía que habían ejecutado al terrorista Eugenio Ruiz-Tagle o algo por el estilo. Me consta que Guzmán dijo que si tenía que poner las manos al fuego por alguien, ese era Eugenio, ya que se conocían y respetaban mucho desde la época de la universidad. Guzmán dijo que iba a hacer los contactos con los miembros de la Junta, y sé que tenía muy buena relación con el general Óscar Bonilla. Me constan las varias llamadas recibidas de parte de Jaime Guzmán y del general Bonilla, quien personalmente me expresó su dolor por lo ocurrido”.
No se crea, como intentó hacerlo aparecer en su oportunidad el gobierno totalitario y la propia cadena Mercurial, que Jaime Guzmán hubiera sido un adalid de la justicia. Como se recordará, Guzmán era partidario acérrimo de la dictadura y contrario, como solía decirlo, a la “dictablanda”. Una minuta conocida del inspirador de la UDI, luego del golpe, señala: “El éxito de la Junta está directamente ligado a la dureza y energía que el país aplaude. Todo complejo o vacilación en este propósito será nefasto. El país sabe que enfrentará una dictadura y la acepta”. Guzmán sostuvo que “la Junta de Gobierno no responde ante nadie, sino ante Dios y la historia”, según consta en la sesión de la Comisión Constituyente del 5 de septiembre de 1974.
¡Por fin se hace justicia!
El Mercurio volvería un par de veces a referirse al caso de Ruiz-Tagle, incluso con una extensa nota publicada el 17 de febrero de 2001, que se titulaba “Los pedazos de una vida”, cuyas autoras son Marcela Escobar y Virginia Herrera. Allí se relataba la truncada vida del joven profesional. El artículo comenzaba:
“Fue un excelente alumno del Verbo Divino. Un deportista innato. Un idealista que optó por la sencillez extrema. En octubre de 1973 se convirtió en uno de los torturados y fusilados por la llamada Caravana de la Muerte. Un documento revelado hace diez días acredita que el general (r) Augusto Pinochet habría sabido de su ejecución. Esta es la historia que hay detrás de un joven que se encontró con la muerte a los veintiséis años”.
Se trataba de El Mercurio, el mismo que había acusado a Ruiz-Tagle de terrorista y delincuente. No hubo un mea culpa, menos pedir perdón… Hace pocos días, en sus cartas al director, dio cabida nuevamente al tema. Esta vez publicó (sin censura al parecer), una nota de la hermana del joven ingeniero asesinado, que daba cuenta de la sentencia de la Corte Suprema que condenó a parte de los criminales que participaron de los luctuosos sucesos que llevaron a la muerte a su hermano.
“Señor Director: El 19 de octubre de 1973, mi hermano Eugenio fue asesinado en Antofagasta por miembros de la comitiva del general Arellano Stark, delegado especial de Pinochet. El 18 de diciembre de 2015, 42 años más tarde, la Corte Suprema confirmó la resolución de la Corte de Apelaciones y condenó a siete suboficiales (r) de la llamada Caravana de la Muerte por 14 delitos de homicidio calificado en Antofagasta durante la noche del 18 al 19 de octubre de 1973. Sergio Arellano Stark fue sobreseído por demencia (…) Ni el estar bajo la custodia del Ejército ni las gestiones al más alto nivel de Gastón Cruzat y Luis Fernandois, abogados de mis padres, impidieron que fuera torturado en Cerro Moreno ni que fuera masacrado y mutilado hasta morir por quienes conformaban la Caravana de la Muerte”, señala la carta.
“Esta verdad se negó reiteradamente durante décadas. Mi familia tuvo que soportar durante años todo tipo de hirientes comentarios y recriminaciones relacionadas con sus supuestas actividades «terroristas» (…) La sentencia de la Corte Suprema por fin valida nuestra verdad. Lo triste es que ya pasó demasiada agua bajo el puente y el tema a pocos interesa; el juicio social ya está hecho. Mis padres y hermano Emilio murieron prematuramente llevando esa pena en su corazón (…) Sin embargo me alegra que esta sentencia aún llega a tiempo para mis muy queridas cuñada Mónica y sobrina Josefa e hijos. El juicio de la historia les reafirmará que su padre fue un hombre de bien, que creyó en la solidaridad y la justicia con una profunda dedicación a los más desposeídos, y que por ello terminó asesinado. La impunidad finalmente llegó a su fin”, termina señalando María Alicia Ruiz-Tagle Orrego.
Fuente :reddigital.cl
Fecha :17-01-2016
Eugenio Ruiz-Tagle Orrego nació en Santiago el 17 de septiembre de 1947, en una familia acomodada y conservadora, de calle Alcántara, barrio El Golf. Estudió en el Colegio Verbo Divino (de la congregación del mismo nombre, conocidos como “los padres alemanes”). De niño, con su hermana Alicia, jugaban a plantar hortalizas en el amplio jardín de la casa: eran sus primeros contactos con la Madre Tierra. Escolar tranquilo, se fascinó con el fútbol, llegando a ser un buen centro-delantero en el equipo del colegio; le gustaba la UC. Ya joven, se dedicó a la caza submarina obteniendo premios sudamericanos. Durante las vacaciones recorría grandes distancias a pie, por la playa, practicando el buceo: de Algarrobo a Valparaíso, de Concón a Papudo...
Donde más destacó, fue en las matemáticas. Estudió Ingeniería Civil Industrial en la Universidad Católica. Participó en la histórica toma de la Universidad, del año 1967, liderada por Miguel Ángel Solar (estudiante de medicina) y otros que después formarían parte del MAPU. Hicieron célebre el lienzo con la consigna: “El Mercurio miente”. Acciones como esa, harían visible que el país necesitaba un cambio social mucho mayor que lo que ofrecía el reformismo de Eduardo Frei Montalva.
Por 1969-1970 se quedó algunos meses viviendo en Papudo, donde descubrió un mundo nuevo: el mundo de los pescadores artesanales. “Se hizo un amigo, un poco mayor que él, el Chamelo, quien ya tenía varios hijos. Eugenio se preguntaba cuáles serían las opciones de vida de esos niños. Se impresionó con ese mundo fuera de la casa, que comenzó a parecerle una burbuja inoperante”[1].
A su vuelta, retomó la Ingeniería y comenzó a militar en el MAPU. Rápidamente se hizo conocido por su responsabilidad y compromiso. Se dice de él que “jamás fue un activista. No era un líder de asambleas. Más bien, dicen, era un conductor, un orientador, un consejero”[2]. Es decir, era uno de los que construyen desde la base, en el trabajo de hormigas, silencioso y efectivo: aunque sin protagonismo individual, era uno de los “precisos”, como decimos hoy.
En 1970 fue candidato a la UC, junto a Solar, y estuvieron a 43 votos de ganar; triunfó la lista gremialista de Hernán Larraín.
En 1972 se casó con Mónica Espinosa Marty, psicóloga, y se fueron a vivir “a una villa en Pudahuel”, como dice el libro del Comité Memoria MAPU. Digamos más bien, en honor a la historia, que en esos años no eran villas sino poblaciones, y la comuna aún se llamaba Barrancas: se fueron a vivir a una población en Barrancas, no lejos de donde vivía el niño Luchín que inspiró a Víctor Jara.
Jóvenes del barrio alto, vivieron en extrema sencillez, acorde a valores tomados del compromiso revolucionario inspirado tanto en los rigores de la izquierda proletaria como en el ejemplo de Jesús, el que expulsó a los mercaderes del templo, arrojando las monedas y liberando a las palomas.
En enero de 1973, Eugenio y Mónica fueron padres de Josefa. ese mismo mes, Vicente Sota, de la dirección del MAPU, lo envió a hacerse cargo de la gerencia de la Industria Nacional de Cementos S.A., INACESA, en Antofagasta, intervenida como empresa estratégica que estaba en manos privadas.
El 29 de junio de 1973, se produjo el intento de golpe militar del Regimiento Tacna, de Santiago (Blindado Nº 2). En todo el país hubo manifestaciones del mundo popular defendiendo a su gobierno, los golpistas no siguieron adelante. Hoy se piensa que fue como los ensayos de la parada militar, un ensayo general del golpe, para ver quienes y cómo apoyaban al gobierno del compañero Salvador Allende. Incluso el traidor Pinochet, se alineó junto a Allende, acaso por mera táctica y disimulo.
Eugenio dirigió la salida a la calle de los trabajadores de INACESA, en apoyo al gobierno legalmente constituido. Esto le valió la enemistad y desconfianza de la derecha de Antofagasta. Al mismo tiempo, unos jóvenes del MIR, trabajadores de INACESA, robaron unos explosivos de una industria cercana y Eugenio debió asumir su responsabilidad como gerente de la empresa. El golpismo ya tenía una acusación grave en su contra.
El 11 de septiembre fue llamado a presentarse en la Intendencia de Antofagasta. Lo hizo al día siguiente, fue detenido y enviado a la base aérea de Cerro Moreno, donde sufrió terribles torturas. La Caravana de la Muerte selló su destino: el 18 de octubre fue trasladado con otras trece personas a la quebrada El Way, donde los masacraron.
El 21 de octubre, la madre de Ruiz Tagle Orrego vio el cadáver de su hijo en el ataúd: "Le faltaba un ojo, el izquierdo. Los párpados estaban hinchados, pero no tenía heridas ni tajos. Se lo sacaron con algo, a sangre fría. Tenía la nariz quebrada, con tajos, hinchada y separada abajo, hasta el fin de una aleta. Tenía la mandíbula inferior quebrada en varias partes. La boca era una masa tumefacta, herida, no se veían dientes (...) Su cabeza estaba en un ángulo muy raro, por lo que creí que tenía el cuello quebrado”[3].
Los golpistas y diarios como El Mercurio, siguiendo en su mentira, publicaban después inaceptables versiones acerca de los planes del MAPU para tomarse los centros militares, involucrando a los ejecutados con el inexistente Plan Z.
Las mentiras de El Mercurio y de los militares alimentaron por largo tiempo (y hasta hoy), la opinión desfavorable al gobierno popular de Allende y a todo el proceso de cambios liderado por la Unidad Popular. Hoy existe un 40% de la población, que constituye el núcleo duro de la ultraderecha y que siempre será un escollo para cualquier proceso de cambios.
Los que sufrieron las consecuencias de crímenes como los relatados tienen ya conciencia del papel que jugó el golpismo, y de los verdaderos motivos de la izquierda para plantear la necesidad de cambios estructurales en un país que no puede ser regido por una minoría que tiene todo el poder económico y que aplasta a las grandes mayorías, condenadas a una existencia sin horizontes para la verdadera realización de la vida humana en dignidad y plenitud.
El sistema capitalista mueve a militares, parlamentarios, gobernantes, periodistas a tervijersar los hechos para defender tal injusta forma de ordenar y administrar la sociedad. Los que defienden este sistema pareciera que no conocen o no quieren reconocer los horrores que él comete para perpetuarse.
INACESA fue “adjudicada” en 1978 por el Estado pinochetista a Cementos Biobío, empresa privada propiedad del poderoso Hernán Briones. El Chile de hoy, que para algunos es tan próspero (porque lo miden desde su propio éxito y no desde la desesperanza de las mayorías), está construido sobre el despojo de lo que fuera el sector económico de propiedad social o intervenida, y el milagro económico chileno, esa “revolución silenciosa” ensalzada por el escriba Lavín, están basados en la mentira, en la muerte y en la desaparición de los que soñaron un sistema socialista, que equilibrara las injusticias, las desigualdades, y fuera un ordenamiento distinto y mejor de la sociedad, en pos de la plena satisfacción de las necesidades de vida de los pueblos.
Eugenio Ruiz-Tagle representa el compromiso heroico de los que dejaron una vida cómoda, pero basada en un ordenamiento injusto de la sociedad, y optaron por dedicarse a la causa de la dignificación de los pueblos: del pueblo pescador, del pueblo minero, del pueblo industrial, del pueblo poblador.
El ejemplo de Eugenio hoy mismo ilumina a los estudiantes que se toman colegios y universidades, como él lo hiciera en la UC en 1967; a los pescadores que hoy se enfrentan a la depredación de la pesca industrial monopolizada en pocas empresas como las de los clanes Luksic y Angelini; a los deportistas, faltos de oportunidades en un Chile de gobiernos corruptos que robaron los recursos del Estado para el deporte; a los profesionales idealistas que optan por el bienestar de los pueblos y renuncian al consumismo y a la crápula del capital y sus lacayos.
Necesitamos más Eugenios Ruiz-Tagle, yéndose a compartir el pan de cada día en las poblaciones, haciendo el poder popular desde los talleres, los colectivos, organizando a los vecinos, a los sin casa, a los sin esperanza.
Ruiz-Tagle está en las barricadas, en los colegios y universidades tomados, está entre los populares de Pudahuel, de Antofagasta, entre los pescadores de San Antonio a Papudo, de Puerto Montt. Está junto a los verdaderos mapucistas, de Arica a Punta Arenas, y también junto a los que aún viven el exilio.
Fuente :mapuenlalucha.blogspot.com
Otra Información
Muerto en la quebrada El Way Antofagasta ., octubre de 1973
Eugenio Ruiz Tagle , 26 años de edad era casado y tenía una hija.
Ingeniero gerente de la industria nacional de cemento S.A (inacesa). Militante del movimiento de acción popula unitaria ( MAPU).
Se presentó voluntariamente el día 12 de septiembre de 1973 ante un requerimiento público.Desde ese lugar fué trasladado a la base de Cerro Moreno, donde permanecío hasta el 23 de septiembre , cuando fué trasladado a la cárcel de Antofagasta. Fué ejecutado el 19 de octubre de 1973 por agentes de estado y al margen de toda legalidad.
Fuente :archivochile.com sin fecha
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